Dr. Ismail YILDIZ

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TEORÍAS SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS III. Psicología psicoanalítica del self y aportes de Otto Kernberg

 

TEORÍAS SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS III

Psicología psicoanalítica del self y aportes de Otto Kernberg

Publicado en la revista de Asociación Psicoanalítica Colombiana, Psicoanálisis (APC), XX, (1), 101-124, 2008.

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.

Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).

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Revisé anteriormente las teorías freudianas y las teorías de tres escuelas psicoanalíticas postfreudianas sobre afectos y síntomas (Yildiz, 2006, 2007). Resumiré en este escrito los aportes originales en esta área de dos autores que impactaron al psicoanálisis y aumentaron la comprensión de afectos y síntomas en los últimos tres décadas: Heinz Kohut y Otto Kernberg. Describiré también algunos aportes de González (1993, 2003), que se dedicó, entre nosotros, a clarificar y enriquecer muchos conceptos de psicología del self y más especialmente el de trauma.

 

1. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN PSICOLOGÍA PSICOANALÍTICA DEL SELF

 

Kohut (1971, 1977, 1984) construyó un nuevo enfoque psicoanalítico que denominó “psicología psicoanalítica del self”. Redefinió el self (sí mismo) como el núcleo de la personalidad, un contenido del aparato psíquico que forma parte tanto del yo como del ello y del superyó. Un self bien cohesivo sería la condición de salud mental, mientras que un self poco o no cohesivo sería la causa de mecanismos de defensas y compensatorios, trastornos de personalidad (de carácter) y de enfermedades mentales.

Según Kohut, el self y su cohesión se desarrollan y se construyen gracias a las relaciones narcisistas con los objetos arcaicos e infantiles (objetos del self) por la interiorización transmutadora de esos objetos y de sus funciones que inicialmente espejan con empatía la grandiosidad del infante (self grandioso), se dejan idealizar (imago parental idealizado) y permiten vivencias gemelares de alter-ego. Para Kohut, un objeto de self es un objeto narcisista, es decir que está catectizado por la libido narcisista, hace parte del bebé y del infante. Las internalizaciones transmutadoras de funciones de objetos del self se realizan progresivamente por frustraciones óptimas (no traumáticas) por parte de esos objetos que progresivamente transforman el sostén exterior de autoestima a las fuentes interiores. El narcisismo primitivo sostenido inicialmente por los objetos arcaicos del self se transforma progresivamente en estructuras de la personalidad madura (narcisismo maduro): el self grandioso se transforma en ambiciones realizables; el imago parental idealizado en ideales alcanzables; y la gemelaridad en capacidades, talentos y habilidades personales para realizar las ambiciones y los ideales. Esta transformación del narcisismo primitivo en un narcisismo maduro permite al sujeto sentirse satisfecho de sí mismo, de sus realizaciones y de su vida, y tener creatividad, humor y sabiduría.

 

La explicación metapsicológica de la conducta incluye puntos de vista dinámico, económico, tópico, estructural (tripartitos), genético, adaptativo y objetal. Kohut introdujo un nuevo modelo de la mente: el del self y los objetos del self.

 

Para Kohut (1977, 1984), las alteraciones primarias del self, donde no se forma un self nuclear o no se logra la cohesión suficiente del self, incluyen las psicosis, los estados fronterizos, las personalidades esquizoides y paranoides, y dos clases de trastornos narcisistas: los de la personalidad (hipersensibilidad a heridas narcisistas con reacciones autoplásticas) y los de la conducta (con síntomas aloplásticas como perversiones, delincuencia, adicciones, etc.). Mientras que los trastornos secundarios del self incluyen aquellas reacciones agudas o crónicas de un self previamente establecido. Generalmente son fracturas del self ante situaciones de estrés, ya sean en la niñez, la adolescencia, la madurez y en la senectud. Comprenden las psiconeurosis clásicas.

 

Kohut describió el trastorno narcisista de la personalidad como una perturbación caracterológica nueva que se manifiesta, entre otros, por: 1. una vulnerabilidad específica en la autoestima que les hace extremadamente frágiles ante las desilusiones y las dificultades; 2. pérdida de humor, tendencia a los ataques de ira incontrolados; 3. vaga sintomatología somática (hipocondría); 4. sentimientos de vacío y desinterés y sensación de insatisfacción con los logros. En esos casos la cohesión del self sería vulnerable a la fragmentación ante las experiencias de frustración y las pérdidas de la autoestima.

Esos sujetos tienen autoidealización y desprecio de otros, están llenos de ostentación, exhibicionismo, arrogancia, vanidad y soberbia; tienen necesidad de que se les admiren, se les preste exagerado respeto y suma atención; permanecen pendientes de cómo los juzgan los demás; sus fantasías son de grandiosidad, perfección y ambiciones desmedidas. La furia narcisista surge frente a las frustraciones que tengan relación con el lustre y el brillo personal, la fama y la autoestima heridas. Esta ira es una reacción debida a su exquisita vulnerabilidad a críticas mínimas, comentarios, o desilusiones.

 

La formación de un self defectuoso se debería principalmente a la falta de respuestas empáticas por los objetos del self que perturban los procesos de internalización transmutadora a lo largo de las diferentes etapas del desarrollo (infancia y adolescencia), sin excluir factores constitucionales. Las deficiencias del self se deben a su insuficiente catectización con la libido narcisista, lo cual impide el desarrollo de las estructuras de su cohesión.

La función del narcisismo es mantener la cohesividad y la estabilidad del self, así como una positiva tonalidad afectiva de las autorepresentaciones, es decir la autoestima. La autoestima es un concepto experiencial (afectivo-cognitivo) que se refiere al sentimiento de aprobación y aceptación de sí mismo que inducen sentimientos de bienestar o malestar, mientras que el narcisismo es un concepto metapsicológico.

La alteración de autoestima puede deberse a un desorden narcisista o a un conflicto intersistémico. En la depresión se disminuye severamente la autoestima con la convicción de que el self es despreciable o defectuoso (hipocondría), o de que los objetos externos o posesiones personales están dañados o perturbados (González, 1993).

 

Kohut (1977) describió dos tipos de angustia: una, propia de la persona cuyo self está intacto y que se experimenta como una respuesta al peligro específico (amenazas de pérdida de objeto, pérdida del amor del objeto, culpabilidad y castración ante la desaprobación superyoica); y otra, que comprende las ansiedades experimentadas por quien se está dando cuenta de que su self está comenzando a desintegrarse.

Kohut considera que la angustia más profunda no es la de castración sino la de desintegración y que la primera surge cuando la segunda no ha sido suficientemente neutralizada por la actitud empática de los objetos del self de la infancia. De hecho, él considera que el complejo de Edipo y la angustia de castración surgen sólo cuando el desarrollo de la libido narcisista no ha resultado suficientemente exitoso.

La ansiedad arrolladora durante la cual se experimenta el terror al aniquilamiento no se debe solamente al miedo a los impulsos sino que se debe principalmente a la percepción anticipatoria de la ruptura del self. La angustia como resultado de la amenaza a la cohesión del self se origina en los defectos y debilidades estructurales del self, en las circunstancias donde se experimenta a sí mismo como aislado o carente de los aportes del objeto del self.

Los estados de fragmentación del self en los casos de trastornos narcisistas de la personalidad pueden ocurrir básicamente en tres niveles: primero, bajo la forma de una depresión vacía, muchas veces sin llanto, con afectividad plana, sin aparente culpabilidad, sin ansiedades de superación y sin deseos reparativos. Segundo es el de la angustia desintegrativa, caracterizada por un estado de ansiedad constante, temor culposo y pánico, disociaciones y sensaciones de fin de mundo, seguido por mal funcionamiento mental (pérdida de memoria, deficiencias en juicio de realidad, disminución en la capacidad de la función sintética). El tercer nivel es la hipocondría que refleja un self que ha perdido su catexis narcisista y su cohesión. Si un paciente se encuentra en medio de una reacción aguda de fragmentación puede sentir sensaciones corporales inusuales (regresiones a niveles prepsicológicos o somatizaciones) como los síntomas de despersonalización, dificultad en regular la temperatura corporal, otros síntomas psicofisiológicos como vómito, diarrea, sudación, temblor, afonía, balbuceo, decaimiento, desmoronamiento, etc. (González, 1993) (ver también más abajo estados de trauma narcisista y de pánico).

 

No sólo el temor a la pérdida del amor o a la muerte sino también el temor a la pérdida del contacto con la realidad o a la psicosis pueden compararse con este sentimiento de horror que la psicología del self entiende como una angustia de desintegración. Efectivamente, Kohut piensa que la angustia de muerte está vinculada con la angustia de fragmentación, desintegración o aniquilamiento del self. En este caso, lo que se teme no es la extinción física sino “la pérdida de humanidad”, vale decir, la muerte psicológica. Es una angustia indescriptible.

De otra parte existen casos donde no predomina la supervivencia física fálico-exhibicionista como ideales sino incluso la muerte y la pasividad martirológica pueden tolerarse con un cierto brillo de autorealización. Por el contrario, existen casos con éxitos y victorias sociales aparentes, pero con predominio del abandono del núcleo del self, la sensación de falta de sentido y la desesperanza.

 

La psicología clásica explica la neurosis estructural y la depresión culposa, o los conflictos del Hombre Culpable. La psicología del self explica la patología del self fragmentado y del self vaciado (depresión vacía, es decir, el mundo de ambiciones sin imagen especular, el mundo vacío de ideales), o sea los trastornos psíquicos y las luchas del Hombre Trágico.

Según Kohut, las personalidades narcisistas no están dominadas, en general, por sentimientos de culpa. Tienden predominantemente a sentirse abrumadas por la vergüenza, es decir que reaccionan a la irrupción de los aspectos arcaicos del self grandioso. Ante las frustraciones o derrotas de sus ambiciones exhibicionistas, estos individuos experimentan vergüenza devastadora; si se comparan con un rival exitoso sienten envidia intensa; y, al final, pueden tener impulsos autodestructivos por cólera narcisista (Kohut, 1971). Las necesidades de reconocimiento inducen en casos de trastorno narcisista de la conducta actitudes de arrogancia y altanería, así como conductas desviadas, actuaciones y adicciones, denotando un ansia de buscar a toda costa encuentros posteriores con un objeto de self arcaico. De otra parte, los cuadros maníacos se explicarían por una inundación del yo por catexias narcisistas arcaicas del self grandioso y exhibicionista.

 

Kohut (1984)afirma que la enfermedad esencial de los fóbicos es una deficiencia estructural de su self (trastorno del narcisismo) debido a fallas parentales por falta de admiración, confirmación y espejamiento. En la agorafobia de la mujer, la falla en las respuestas en la fase edípica del objeto de self paterno sería responsable de la quiebra del self (angustia difusa), y la falla de la respuesta del objeto de self materno explicaría la tendencia a ser avasallada por el pánico, en lugar de controlar la angustia para que actúe como señal. La madre no fue capaz de consolar, tranquilizar a la niña con frustraciones óptimas (déficit de formaciones tranquilizadores del self por internalizaciones transmutadoras) que daría autoconfianza y permitirían permanecer relativamente tranquila en medio de conflictos y tensiones. El objeto acompañante serviría como un objeto del self adictivo. De otra parte, los agorafóbicos tienen tendencia más general a responder con angustia generalizada o pánico, acción desordenada o parálisis de toda iniciativa en diversas circunstancias internas y externas.

 

Hay que enfatizar que Kohut (1977) considera la destructividad humana (sea que esté ligada en un síntoma o rasgo de carácter o expresada en forma sublimada o con inhibición de la meta) como secundaria, como el producto de una amenaza o evidencia de desintegración del self que, si bien primitivo, no es psicológicamente primaria. Efectivamente, para él existen dos tipos de agresión: 1. La agresividad normal y no destructiva se desarrolla a partir de frustraciones óptimas y sirve para la autoafirmación desde la infancia hasta el self maduro del adulto. Esta agresión se mitiga cuando se alcanzan las metas buscadas y la autoafirmación.  2. La agresividad destructiva se origina en experiencias de frustraciones traumáticas que ponen en peligro la cohesión del self, engendrando furia narcisista y la intención de herir y dañar al otro. La furia narcisista surge ante sensaciones de fragmentación del self, y es una reacción, a veces desproporcionada, ante el daño narcisista que colma al individuo de crueldad despiadada, de odio destructivo, rencor y necesidad de venganza; mientras que la agresión movilizada para eliminar un obstáculo que se opone a los objetivos no hiere innecesariamente al oponente y desaparece totalmente cuando se alcanza el objetivo perseguido (Kohut, 1984).  En caso de un narcisismo arcaico, el mero hecho de que la otra persona sea independiente o distinta se vive como una ofensa.

La rabia destructiva está motivada por una seria herida que sufre el self, pone en peligro su cohesión, en particular una herida narcisista infligida por el objeto del self de la infancia. De otra parte, Kohut considera que la confianza del bebé es innata, puede mantenerse, dañarse posteriormente y restablecerse eventualmente según sus relaciones interpersonales.

El continuo y gradual suceder de la dinámica en torno al control de la omnipotencia en un mundo narcisista lleva al estado de ira crónica, en el que se dan el rencor y la venganza fríamente planeada. La furia se presenta a lo largo de todo el tratamiento analítico de personalidades narcisistas como máxima resistencia y produce impases, interrupciones, sesiones difíciles, llegando hasta la reacción terapéutica negativa (Medina Eguía, 1998; Rosenfeld, 1987).

 

Kohut diferencia el afecto de alegría del placer, y considera que “la alegría se experimenta con referencia a una emoción más amplia como, por ejemplo, la emoción provocada por el éxito, mientras que el placer, por intenso que sea, se refiere a una experiencia delimitada, por ejemplo, la satisfacción sensual. La alegría no es placer sublimado. La alegría se relaciona con experiencias del sí mismo total, mientras que el placer se relaciona con experiencias de partes y de elementos constitutivos del sí-mismo” (Kohut, 1977, p.46).

 

Kohut propone la necesidad de un narcisismo sano o maduro, un amor a sí mismo con sus limitaciones humanas, diferente del narcisismo patológico con poco amor a sí mismo que se manifiesta por baja autoestima y aislamiento por temor al vínculo afectivo (esquizoide, paranoide), o por formaciones reactivas contra la baja autoestima y al vacío en forma de exhibicionismo infantil, exhibicionismo peligroso, perversiones, adicciones, arrogancia y destructividad, o con amor exagerado a una imagen trastornada de sí mismo, inflada ilusoriamente, en forma de megalomanía y delirios de grandeza.

Para Kohut, el narcisismo sano o maduro es un fenómeno afectivo-cognitivo que se construye con el vínculo interpersonal. Es la relación amorosa de la madre y del padre la que “carga” al hijo con el amor hacia sí mismo, base de la confianza y la alegría de vivir. Este mecanismo es similar a lo que describió Lacan como estadio de espejo y la mirada del otro que forma y mantiene la identidad y el narcisismo (Hamburg, 1991).

De otra parte, para Kohut, la salud mental depende, durante toda la vida, de la capacidad de obtener respuestas empáticas de objetos del self más maduros (especulares, idealizados y gemelos) en momentos de necesidad. Según el autor, el amor del objeto fortalece al self y un self fuerte permite vivir más intensamente el deseo y el amor (Kohut, 1984).

Los objetos del self más maduros pueden también encontrarse simbólicamente en ideales culturales, sociales, deportivos y científicos (González, 1993).

 

Las nuevas teorías tienen consecuencias en la técnica psicoanalítica. Para Kohut (1984), la empatía y la comprensión se vuelven más importantes que la interpretación. La interpretación sirve únicamente para que el analizando se sienta comprendido, reconocido. Los factores curativos son las frustraciones óptimas del analista que restauran y crean estructuras psicológicas en el analizando por el proceso de internalizaciones transmutadoras. Para Kohut, la experiencia psicoanalítica, la elaboración transferencial es una nueva oportunidad de maduración afectiva. Es similar a una “experiencia emocional correctiva”, pero sin necesidad de dar satisfacciones materiales ni pedagogía al paciente sino “permitiendo y aguantando” las transferencias narcisistas con frustraciones óptimas, si posible sin provocar nuevas heridas narcisistas traumáticas (efecto iatrogénico del analista) que producen más regresiones, impases y/o interrupciones del tratamiento (Rosenfeld, 1987; Alvarez Lince, 1996).

 

González, en su libro “Psicoanálisis del trauma. Fundamentos teóricos, clínicos y terapéuticos.” (2003), revisa los conceptos sobre trauma psicológico y aplica especialmente el enfoque de psicología psicoanalítica del self en su génesis y sus consecuencias. Afirma que no hay neurosis traumática sin complicaciones psiconeuróticas, así como no existe la psiconeurosis sin situación traumática previa desencadenante. En las neurosis traumáticas, el yo trata de reeditar activamente la situación traumática que padeció pasivamente (en sueños catastróficos repetidos, reactivación de las situaciones dolorosas en la transferencia), al tiempo que trata de poner en acción sus funciones organizadoras y sintetizadoras para modificar las respuestas.

Señala que, según la psicología del yo, las consecuencias de las experiencias traumáticas pueden incluir: interferencias sobre el desarrollo primario de las funciones autónomas del yo, deterioro de algunas de las funciones del yo (síntesis, regulación, control, prueba de realidad, percepción y sublimación), daños a los procesos de adaptación (comprensión, lenguaje, memoria, aprendizaje y motricidad), alteración de los mecanismos de defensa y de las reacciones que intervienen en la formación y desarrollo del carácter, desorganización de la evolución libidinal y distorsión de las instancias tripartitas y de las relaciones intersistémicas.

Mientras que, según la psicología psicoanalítica del self, la pérdida del self grandioso y el imago parental idealizado, incluyendo la angustia de separación, constituyen los peligros más importantes de traumas narcisistas. El self grandioso y el imago parental idealizado pueden perderse (dañarse en lugar de elaborarse hacia formas más maduras) por las fallas traumáticas repetitivas del proceso evolutivo de interacciones entre el niño y sus objetos. Al no darse el paso de internalizaciones transmutadoras graduales por frustraciones óptimas se produce la persistencia del self grandioso primitivo con exhibicionismo primitivo y formaciones reactivas, y ambiciones irrealizables y decepciones repetitivas. En casos de no elaboración del self grandioso arcaico pueden también observarse la vanidad exagerada, la arrogancia, la impostura, la mentira, o la pseudología fantástica. En cuanto al imago parental idealizado, cuando se producen desilusiones traumáticas, no se identifica con el progenitor idealizado, el objeto se pierde, se pierden también ideales y valores más realistas. Si la pérdida del imago parental idealizado no se elabora adecuadamente se deriva hacia una introyección masiva de sus cualidades idealizadas formándose un superyó exigente y sádico (hipercrítico con otros y consigo mismo, y baja autoestima consecuente).

Los estados traumáticos narcisistas se producen por inundación de libido, no psicosexual sino narcisista, la cual por no haberse neutralizada determina una excitación abrumadora. Así, los peligros típicos propios de la evolución psicosexual se encuentran entrelazados con los correspondientes a la evolución del desarrollo narcisista. Ante el trauma, el self regresa y experimenta de nuevo las angustias primitivas (angustias traumáticas), sentidas como abrumadoras e invasoras hasta el punto de que el individuo pierde totalmente el control y queda reducido a la impotencia.

El trauma tiene sus raíces psicológicas tanto en la falta de desarrollo del self, como en la falla empática y en la ausencia de fusión contenedora del objeto del self. El self frágil y vulnerable no puede metabolizar la sobreestimulación. El objeto del self inapropiado no puede convertir a óptima la desilusión que amenaza con derivar al trauma, porque no cuenta con la empatía reaseguradora, o con la disponibilidad para la fusión idealizante que ayuda a contener la excitación abrumadora. El trauma impide la estructuración del self, altera la relación de éste con los objetos del self, coarta la evolución y determina faltantes, carencias y déficit.

Para la psicología del self la angustia traumática se genera por la amenaza al mantenimiento de la cohesión del self. En el fondo, toda angustia es la expresión de un peligro para el self y, por lo mismo, todo trauma tiene relación con la consistencia del self. Todos los síntomas psicóticos, fronterizos, psicosomáticos, psiconeuróticos, trastornos de personalidad resultan de intentos de defensa contra las angustias traumáticas de fragmentación y desintegración del self. Además, los pacientes narcisistas, esquizoides, paranoides, con trastorno de ansiedad generalizada, y fronterizos sufren de una situación traumática permanente porque carecen del suficiente desarrollo sélfico para afrontar los conflictos de la vida cotidiana. La vulnerabilidad permanente que padecen les impide organizar un funcionamiento mental defensivo y adaptativo adecuado. Los pacientes con trastornos narcisistas de la personalidad reflejan en su sintomatología variadas características del trauma narcisista. Tanto en su vida cotidiana, como en el transcurso del análisis, se hallan sujetos a estados traumáticos recurrentes. Se ofenden o avergüenzan con facilidad, se excitan rápidamente con perturbación transitoria de sus funciones psíquicas sin poder controlar sus temores y preocupaciones. Tienen tendencia a ser hipersensibles e hipercríticos, frecuentemente sienten vergüenza abrumadora ante sus errores pequeños. Se angustian demasiado ante las situaciones de rechazo, dejando traducir su extrema vulnerabilidad.

 

SegúnGonzález (2003), los ataques de pánico se producen por la cohesión insuficiente del self para hacer frente a los estímulos. En algunas situaciones el self no logra anticipar el peligro mediante la angustia señal, y, en lugar de un temor controlado que evite el trauma, lo precipita y es expuesto a la inundación y al pánico arrollador. La explicación psicodinámica del pánico es que el self no cohesivo corre un riesgo cuando dispara la señal de peligro, ya que por su misma ineficiencia puede precipitar una avalancha incontenible de estímulos. En el caso de que no se logre una ligazón de la angustia, ésta puede generalizarse y permanecer en esta forma como un cuadro sintomático (ansiedad difusa y flotante). Este cuadro sintomático (trastorno por ansiedad generalizada) implica una mayor fragilidad del self donde desaparece casi totalmente la angustia señal.

En otros casos, la angustia se manifiesta en forma episódica, como sucede en el trastorno de pánico, con o sin agorafobia, en las fobias sociales y específicas. El trastorno de pánico y la agorafobia resultan del fracaso del yo para mantener la angustia como señal ante el peligro. Estos pacientes tienen por lo general un self más cohesivo, pero las experiencias insuficientes de fusión impiden mantenerse serenos ante la falta de apoyo interior. Por diferentes mecanismos se reactivan en ellos los temores infantiles de desvalimiento frente al abandono.

 

González considera que los pacientes con trastornos fronterizos de la personalidad presentan estados prolongados de fragmentación y exagerada vulnerabilidad a la desintegración del self. Durante el desarrollo nunca se estructuró un self nuclear temprano, motivo por el cual se mantiene una organización psicótica latente recubierta de defensas aparentemente adaptativas. Sus historias familiares revelan que en la niñez fueron víctimas de relaciones con objetos del self muy inadecuados. Una serie de experiencias resultaron abrumadoras e impidieron sistemáticamente la cohesión del self, siendo este el principal trauma a lo largo del desarrollo.

 

Según González, muchas fobias incluyen, más allá de la angustia de castración y de separación, la falta de autoestima asociada a la angustia superyoica y, más en el fondo, la vulnerabilidad del self por detención evolutiva del narcisismo. En la fobia social generalizada el yo es inundado por impulsos exhibicionistas no neutralizados, a causa de la falta de valores e ideales firmes en el self del individuo. Ante las frustraciones del exhibicionismo grandioso, o ante la derrota de sus ambiciones, el sujeto experimenta vergüenza devastadora.

 

El autor considera que el trastorno paranoide es una organización defensiva que emplea la hostilidad y la suspicacia para eludir la repetición de nuevos peligros que pueden amenazar la cohesión del self. En realidad, estos pacientes albergan rencores durante mucho tiempo, no olvidan insultos, injurias o desprecios, y exhiben una sensibilidad extrema, producto de la experiencia traumática en su relación con los objetos sustentadores arcaicos.

 

González considera que la transferencia es una repetición que conduce a los traumas originales. La compulsión a la repetición es un mecanismo indispensable para reactivar el trauma, para iniciar su curación, para continuar la relación humana interrumpida, para favorecer la continuidad del self y el crecimiento emocional suspendido; en una palabra, para producir el cambio. En los casos más difíciles, la repetición del trauma provoca una verdadera crisis en el tratamiento, en la medida que las lesiones y carencias que se reactivan tienen relación directa con los trastornos de sus relaciones. Se genera una tensión específica sobre las funciones de contención y espejamiento del analista, lo cual pone en evidencia que el daño original ocurrió, justamente, por la ausencia temprana de funciones especulares, idealizantes, de fusión y de contención.

El autor, recordando que la palabra griega “trauma” significa herida o lesión, afirma que algunos traumas se curan y otros perduran como una herida, no se cicatrizan, supuran o sangran crónicamente. El tratamiento psicoanalítico favorece la curación del trauma (o de traumas) en algunos casos y, en otros, a pesar de la solución de los conflictos intersistémicos y de la reactivación del proceso de desarrollo del self, persisten las heridas, pero la estimulación de la generación de recursos adaptativos y compensatorios permiten tolerar el sufrimiento residual.

 

Considero que la creatividad de Kohut y de otros que participaron (y participan) para la construcción de la psicología psicoanalítica del self fue muy importante en el psicoanálisis para comprender cada vez más la inmensa complejidad del funcionamiento mental del ser humano. Freud (1914) ya había introducido el tema del narcisismo, pero lo había dejado como “suspendido” en el tiempo, muy incompleto y sin ni siquiera integrarlo con sus otras teorías. Pienso que la existencia y la evolución de diferentes formas del narcisismo normal y patológico diferencian mucho más al ser humano (y su devenir) de los animales, que las vicisitudes de pulsiones de autoconservación y sexuales. Una mayor comprensión del narcisismo puede también ayudarnos a comprender mejor no solamente el amor sino también el abuso de poder, la agresión y la violencia específicamente humanos (agresión destructiva descrita por Kohut), es decir “innecesarios”, desmedidos, vengativos, crueles, que no se observan en el resto del reino animal (además, con toda evidencia, no les preocupa; son consideraciones específicas de la conciencia reflexiva de homo sapiens). Si la hipótesis de Kohut sobre el origen secundario de la destructividad humana se verifica, podemos descartar la pulsión de muerte freudiana y tener mayor esperanza en el futuro de la Humanidad.

 

 

2. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN O. KERNBERG

 

Otto Kernberg (1977) construyó una teoría de desarrollo y de psicopatología que combina (con modificaciones) las fases que describió M. Mahler, las diferencias entre el self y el objeto de E. Jacobson, los procesos de autonomía primaria de Hartmann y los modelos de los objetos internos de Fairbairn y de M. Klein. Reformula también la teoría freudiana de las dos pulsiones principales combinándola con las teorías etológicas y neuropsicológicas. Además, busca cierta convergencia no solamente entre las teorías sino también entre las técnicas psicoanalíticas contemporáneas (Kernberg, 1993).

Kernberg (1995b) considera que la mente humana se estructura a partir de la internalización de las relaciones con los objetos importantes. Junto con el imago del objeto (objeto parcial) se introyecta la parte del sí mismo que se relaciona, el estado afectivo que caracteriza esa relación (el vínculo) y un componente cognitivo (ideativo) que explica la relación. La relación de papeles recíprocos entre el self y el objeto, enmarcada por el afecto correspondiente, se expresa por lo general como una fantasía o un deseo.

Kernberg (1977) considera 5 fases en el desarrollo afectivo y cognitivo:

1. “Autismo” normal o período indiferenciado primario (primer mes de la vida).

2. “Simbiosis” normal (hasta octavo mes) o período de representaciones primarias indiferenciadas self-objeto. Las representaciones indiferenciadas del self y del objeto investidas agresivamente y construidas en forma separada de las representaciones indiferenciadas del self y del objeto investidas libidinalmente caracterizan la capa básica del inconsciente dinámico y reflejan la simbiosis temprana. La psicosis sería una fijación o regresión en estas dos primeras fases.

3. Diferenciación entre las representaciones del self y de los objetos (8-36 meses). Los fronterizos funcionarían principalmente en este nivel de desarrollo sin la maduración de fases siguientes.

4. Integración de las representaciones del self y de los objetos, y desarrollo de las estructuras intrapsíquicas superiores derivadas de relaciones objetales (de 3 años al final del período edípico de 6-7 años). En esta fase se adquiere principalmente la represión, la constancia objetal (objeto total) y la identidad personal.

5. Consolidación de la integración del superyó y del yo (después de 6-7 años).

 

Kernberg enfatiza que las remodelaciones de estas estructuras prosiguen durante toda la vida según las relaciones interpersonales y ninguna de las estructuras y los funcionamientos primitivos desaparecen totalmente. En general, en las primeras tres etapas, los estados afectivos son difusos y abrumadores. En los individuos normales y los pacientes neuróticos no se observan esos estados afectivos en un estado tan inmodificado. Sin embargo, en el curso de todo análisis, se hace posible detectar -y analizar- en momentos de profunda regresión, vínculos objetales pasados reprimidos, con primitivas representaciones del self y del objeto ligadas con afectos primitivos.

La neutralización de las pulsiones implica la integración de relaciones objetales parciales internalizadas (idealizadas y persecutorias), llevando a un concepto integrado de self (identidad) y de las demás personas importantes (objeto total) y a la integración de los estados afectivos derivados de las series libidinales y agresivas, hacia una disposición afectiva más modulada, discreta, elaborada y compleja de la fase de constancia objetal hacia el final del período edípico (6-7 años).

 

Kernberg sostiene que la concepción biológica de los instintos, es decir las disposiciones innatas de patrones de comportamiento activadas bajo condiciones ambientales específicas conduciendo a una secuencia de activación de conductas de exploración y de consumación, pueden aplicarse a la teoría psicoanalítica y llevar a la teoría de pulsiones como sistemas motivacionales donde se combina lo instintivo y lo ambiental, específicamente a la libido y a la agresión. La capacidad tanto para el amor como para el odio serían innatas, y las dos requerirían del ambiente para activarse y desarrollarse (Kernberg, 1995a).

Kernberg considera que los afectos son componentes instintivos de naturaleza psicofisiológica del comportamiento humano, es decir, disposiciones innatas que emergen en los estados más tempranos del desarrollo y que se organizan progresivamente como parte de las relaciones objetales tempranas en afectos que satisfacen, gratifican y dan placer (libido como pulsión dominante), y en afectos dolorosos y aversivos que a su vez se organizan en agresión como pulsión dominante. En esta línea de pensamiento, los afectos se desencadenan en primer término por experiencias fisiológicas y corporales, y posteriormente por el desarrollo de las relaciones objetales. La función biológica instintiva básica de los afectos es la comunicación entre la cría y el cuidador, y posteriormente entre los individuos. Kernberg no acepta la existencia de pulsión de muerte.

El bebé tendría una disposición innata al apego emocional (vínculo afectivo) que requeriría de una estimulación externa para activarse. De igual manera se activaría la disposición a la ira y a la protesta furiosa cuando las circunstancias externas frustran sus necesidades o sus deseos. Los afectos primitivos serían sistemas motivacionales originarios que implicarían un acercamiento a la fuente de placer (placidez de la gratificación) o de escapar o destruir la fuente de malestar (aversión al dolor o a la frustración). De otra parte los afectos incluyen además un componente cognoscitivo, fenómenos neurovegetativos de descarga, activación psicomotora y un patrón característico de expresión facial que sirve para comunicarse con otros.

 

Según Kernberg (1995a), la excitación sexual y el deseo erótico constituyen los afectos centrales de la libido, que derivan del afecto primitivo de placidez (elación) y de fusión del bebé, al contacto corporal íntimo con la madre. Se desarrollan también otros afectos libidinosos de anhelo intenso, la ternura y la preocupación. Mientras que la agresión como pulsión, se desarrolla a partir de la respuesta primitiva de llanto, que se transforma primero en el afecto de ira y posteriormente parte de la tristeza. El odio es un aspecto posteriormente estructurado de la ira, y la envidia es un desarrollo específico y estructural del odio.

La función más primitiva de ira es la lucha para eliminar la fuente de irritación o el dolor. Por lo tanto, la ira es siempre secundaria a la frustración o al dolor. Una segunda función de la ira es la eliminación de obstáculos o barreras que se oponen a la gratificación (real o simbólica). Una tercera función consiste en la eliminación del objeto malo, fuente supuesta de frustración deliberada por colocarse entre el self y la gratificación. En un momento más avanzado del desarrollo el deseo ya no es el de destruir al objeto malo sino el de hacerlo sufrir (en el sadismo el placer se fusiona con el dolor en el otro). En un nivel posterior del desarrollo, el deseo de hacer sufrir al objeto malo se transforma en el deseo de dominar y controlar a ese objeto, para evitar los temores de persecución que produce; entonces, mecanismos obsesivos de control pueden regular la supresión o la represión de la agresión. Finalmente, en los aspectos sublimatorios de la respuesta agresiva, la búsqueda de autonomía y de autoafirmación para liberarse del control externo, reflejan características de las implicaciones autoafirmatorias originales de ira.

El odio surge como derivado estructurado crónico y estable del afecto de la ira (que es aguda, transitoria, desorganizadora) en respuesta al sufrimiento, al dolor o a la agresión. El odio, como la ira, tiende a destruir un objeto malo, hacerlo sufrir y controlarlo. Una consecuencia casi inevitable del odio es la venganza contra el objeto frustrante. Los miedos retaliatorios paranoides son, por lo general, inevitables acompañantes del odio intenso, por lo que los rasgos paranoides, los deseos de venganza y el sadismo van juntos.

La envidia sería una complicación del odio, que surgiría como resultado de la convicción de que el objeto no da suficiente, teniendo más, lo que llevaría a la avidez y a la voracidad.

 

La falta de sintonía de la madre con el infante puede llevar a una falta de organización de los patrones afectivos tempranos o a su desorganización. Lo que puede llevar a distorsiones profundas y primitivas de las relaciones objetales internalizadas. De otra parte, los factores constitucionales pueden aumentar la sensibilidad del niño y activar patológicamente los afectos. Más importante aún, experiencias traumáticas y las patologías severas en las relaciones objetales tempranas actúan sobre la activación de los afectos agresivos, determinando un predominio de agresión generalizada sobre el desarrollo libidinal, trayendo como consecuencia estados de patología severa como las psicosis, los casos de narcisismo maligno, las organizaciones fronterizas de la personalidad, los tipos severos de perversión y en algunos trastornos psicosomáticos.

Las experiencias traumáticas posteriores pueden transformar retroactivamente experiencias tempranas, volviéndolas traumáticas de manera secundaria, por lo tanto, no es tan importante el momento sino el hecho de que se cristalice una relación de objeto internalizada cargada de ira.

 

Kernberg considera que existen narcisismo normal infantil y adulto, y diferentes grados de narcisismo patológico (organización narcisista de la personalidad o del carácter). Piensa que el narcisismo patológico se debe a una carga libidinal exagerada a una estructura patológica del sí mismo. Este sí mismo grandioso patológico contiene representaciones del sí mismo real, del sí mismo ideal y representaciones objetales ideales. Las representaciones objetales y del sí mismo devaluadas o agresivamente determinadas son escindidas o disociadas, reprimidas o proyectadas. La resolución psicoanalítica del sí mismo grandioso patológico trae a la superficie relaciones objetales y operaciones defensivas primitivas características de etapas del desarrollo que anteceden a la constancia objetal, muy similares a las de pacientes con organización fronteriza de la personalidad.

Kernberg clasifica en tres niveles la organización narcisista patológica de la personalidad. Al nivel de funcionamiento más alto de las personalidades narcisistas existe una buena adaptación superficial pero con sentimientos crónicos de vacío o aburrimiento, una necesidad desordenada de tributo de los demás y de éxito personal. El nivel medio del espectro de la psicopatología narcisista corresponde a los casos típicos donde los rasgos narcisistas son más evidentes y pueden llegar a tener con tiempo reacciones crónicas depresivas con un sentido en aumento de vacío y de haber desperdiciado la vida, o rasgos hipomaniacos para defenderse contra la depresión.

En los pacientes narcisistas la envidia consciente e inconsciente es la principal expresión afectiva de la agresión. Idealizan a algunos de quienes esperan abastecimientos narcisistas, y menosprecian y tratan con desprecio a aquellos de quienes no esperan nada. Sus relaciones con los demás son frecuentemente explotadoras y parasitarias. A causa de su gran necesidad de tributo y adoración de los demás, a menudo se les considera como excesivamente dependientes. Pero son incapaces de depender de nadie a causa de una profunda desconfianza subyacente y devaluación de los demás, y un “echar a perder” en forma inconsciente aquello que reciben, que está relacionado con conflictos sobre la envidia inconsciente. De todos modos, debajo de la estructura protectora del sí mismo grandioso patológico (desarrollo anormal del amor a sí mismo y por los demás) revelan los conflictos típicos de la organización fronteriza de la personalidad.

En el nivel más grave de la patología narcisista existen además rasgos fronterizos abiertos, o sea la difusión de la identidad con una incapacidad notable para la comprensión intuitiva y la empatía emocional con los demás, la falta de control de impulsos, la intolerancia a la ansiedad, poca capacidad sublimatoria, la disposición a reacciones de rabia crónicas o explosivas (rabia narcisista) o las distorsiones gravemente paranoides. En estos pacientes, cuando las relaciones objetales parciales disociadas se condensan con pulsiones sexuales parciales se manifiestan las fantasías y actividades perversas polimorfas sádicamente infiltradas.

Según Kernberg, en los trastornos de personalidad con organización narcisista patológica y con estructuras francamente fronterizas crece la intensidad de la agresión, alcanzando su máxima expresión en el síndrome del narcisismo maligno. El narcisismo maligno se debe a una condensación de agresividad primitiva con un self grandioso patológico y se manifiesta por actitudes antisociales, crueles, paranoides, explosivas, homicidas, autodestructivas con automutilación y suicidas. El sujeto tendría sentimientos de triunfo sobre el temor al dolor, al sufrimiento y a la muerte personal. Gozarían también con su crueldad, infligiendo sufrimiento y temor sobre los demás, sin sentir culpa ni vergüenza. La identificación con un objeto cruel omnipotente les daría el poder, el goce, y una sensación de liberación del miedo, dolor y temor, y la convicción de que la gratificación de la agresión es la única manera significativa de relacionarse con los demás (Kernberg, 1975; 1984).

 

Uno de los aportes importantes de Kernberg al psicoanálisis, a parte de su gran estudio de diferentes enfoques psicoanalíticos para proponer un modelo psicoanalítico convergente, es su investigación y teorización con los pacientes llamados “fronterizos” (Kernberg, 1975). El concepto fronterizo era impreciso, vago, difícil de diagnosticar, significaba que son pacientes que se encuentran entre la neurosis y la psicosis, es decir que tenían partes neuróticas y psicóticas al mismo tiempo. Se les nombró de muy diferentes maneras: esquizofrenia seudoneurótica, carácter psicótico, estado prepsicótico, psicosis latente, esquizofrenia latente, distorsiones del yo, desórdenes narcisistas de la personalidad, psicóticos borderline, estados limítrofes, etc.

Existen todavía imprecisiones y desacuerdos en el campo de la clínica del fronterizo (Frosch, 1988; Gabbard, 1991) aunque la mayoría lo considere, como Kernberg y Paz y col. (1976, 1977a, 1977b, 1991), una estructura psicopatológica diferente de las psicosis esquizofrénicas y de las neurosis “clásicas”. La coincidencia de mayoría de los autores en que los fronterizos no se psicotizan de manera permanente, a pesar de sus indudables oscilaciones regresivas en su vida cotidiana como en un proceso terapéutico, acentúa la posibilidad de que constituyan una sola estructura psicopatológica predominante.

Kernberg (1984) considera que los síntomas descriptivos de los pacientes límites son similares a los presentados en las neurosis sintomáticas ordinarias y de patología del carácter, pero la combinación de ciertos rasgos indican la orientación hacia el diagnóstico presuntivo subyacente de una organización estructural fronteriza de la personalidad. Considera particularmente importantes los siguientes síntomas:

1. Ansiedad difusa y libre flotante, pudiendo llegar a trastornos de pánico.

2. Neurosis polisintomática: panangustia, panfobia, síntomas obsesivo-compulsivos, tendencias paranoides e hipocondriacas, reacciones disociativas con amnesia acompañada de trastornos de conciencia, conversiones y somatizaciones.

3. Tendencias sexuales perversas polimorfas. Perturbaciones en la vida sexual con fantasías sadomasoquistas bizarras que pueden llegar a impedir la vida sexual adulta.

4. Estructuras de personalidad prepsicótica “clásicas” que incluyen las personalidades paranoide, esquizoide, hipomaniaca y ciclotímica.

5. Neurosis y adicciones por impulso como el alcoholismo, drogadicción, ciertas formas de obesidad psicogénica y la cleptomanía.

6. Trastornos del carácter como carácter caótico e impulsivo, muchas personalidades infantiles, narcisistas, las personalidades “como si” y personalidades antisociales.

 

Para Kernberg (1977), el fronterizo logra diferenciar las representaciones de sí mismo de las representaciones objetales, pero no alcanza a integrar las representaciones del sí mismo entre sí ni las representaciones objetales parciales; es decir que no se logra la constancia objetal, la represión ni identidad personal. Postula tres características predominantes en los fronterizos: difusión de identidad, mecanismos de defensa primitivos y adecuada prueba de realidad. Esas características estructurales psicodinámicas se explican como sigue:

1. La difusión de la identidad se debe a la falta de integración de partes disociadas de sí mismo y de los objetos parciales y se manifiesta por un concepto pobremente integrado del sí mismo y de otros significantes. Se refleja en la experiencia subjetiva de vacío crónico, autorepresentaciones contradictorias, conducta contradictoria que no puede integrarse en una forma emocionalmente significativa, y percepciones huecas, insípidas y empobrecidas de los demás. Aparece también en la incapacidad del paciente para transmitir a un entrevistador interacciones significativas con otros.

2. La predominancia de operaciones defensivas primitivas (que inducen una debilidad específica del yo) se centran en el mecanismo de escisión y en fallas en la represión (idealización primitiva, identificación proyectiva masiva, renegación y negación intensas).

3. Los trastornos importantes en el sentido de realidad sin llegar a la perturbación del juicio de realidad como en las estructuras psicóticas (alucinaciones y delirios). Pero pueden sufrir breves episodios psicóticos en momentos de regresión, bajo influencia de un trastorno emocional grave, alcohol o drogas. Esos sujetos pueden también vivenciar una transferencia psicótica (primitiva) que se limita a la situación psicoanalítica. La transferencia psicótica puede oscilar entre simbiosis y autismo. Durante los momentos de transferencia primaria se evidencian serias perturbaciones en los procesos de pensamiento (pensamiento mágico, autoreferente, pérdida de categorías lógicas, generalizaciones arbitrarias) y de simbolización. En los trastornos de pensamiento tienen perturbado el juicio, la memoria, la observación; no pueden conectar correctamente causa y efecto; no pueden prever consecuencias; les es difícil disociarse en un yo observador y un yo experiencial, asimismo crear y mantener una alianza de trabajo. Confunden el pasado y el presente, pudiendo revivir con toda su carga emocional experiencias pasadas.

 

Las manifestaciones no específicas de debilidad del yo incluyen intolerancia a la ansiedad, no control de impulsos y defectos en los procesos de simbolización o sublimación. Esos defectos pueden manifestarse por trastornos en la regulación emocional con panangustia invasora y desorganizadora con trastornos neurovegetativos, y más particularmente con la agresión pregenital caracterizada por “rabia narcisista” explosiva a veces o por su encubrimiento con sometimientos extremos o con defensas paranoides. En los pacientes fronterizos no es la envidia fálica o el miedo a la castración sino un otro tipo de ansiedad, cualitativamente diferente, aparece la ansiedad de aniquilación, de fragmentación o ansiedades psicóticas. Las angustias confusionales severas pueden también manifestarse especialmente en momentos de estrés.

 

La falta de integración del superyó se refleja por su organización por las representaciones primitivas de objetos parciales (sádicos e idealizados), por sentimientos anormales de culpa o su ausencia, deshonestidad y por falta de valores éticos. La dificultad de los fronterizos en no experimentar una preocupación por el objeto y la culpa depresiva dependerían en gran medida de la no integración de los imagos malos y buenos del objeto total. No solamente el superyó se proyecta afuera sino, a veces, el sujeto se vuelve hipercrítico y severo consigo mismo, lo que le trae culpa y depresión desproporcionadas. Pero, sus reacciones depresivas asumen más la forma de rabia impotente y sentimiento de derrota ante fuerzas externas, que el duelo por la pérdida de objetos buenos y pena por la propia agresión. Generalmente tienen una sensibilidad extrema a la crítica y al rechazo y están muy asustados por la agresión propia y de los otros. Ellos manifiestan también emociones primitivas, oscilación grande de la intensidad y cualidad de sus emociones con el mismo objeto y las reacciones de todo o nada. El superyó tiránico se manifiesta también por graves tendencias masoquistas o proyecciones paranoides.

 

Con los analizandos fronterizos el analista llega a sentir generalmente una contratransferencia de inusual intensidad, “exigente”, agotadora, abrumadora, posesiva, hasta límites insoportables. Se producen momentos y períodos de sentimientos de horror, sorpresa, perplejidad, imposibilidad de pensar. Con los pacientes fronterizos y además con narcisismo patológico, el sentimiento de rabia secundaria a la injuria narcisística por sentirse ignorado o despreciado por el paciente pueden adquirir límites críticos para el analista.

 

Kernberg (1984) considera que en los pacientes fronterizos ha ocurrido una edipización prematura de sus complejos y relaciones preedípicas induciendo una caótica combinación de impulsos preedípicos y edípicos, que se refleja en una pronta edipización de la transferencia. Este fenómeno de transferencia a menudo resulta ser espurio en cuanto que, con el tiempo, lleva de vuelta a una patología preedípica grave y caótica. En esas personalidades el complejo edípico tiene componentes agresivos excesivos. El rival edípico adquiere características aterradoras, abrumadoramente peligrosas y destructivas. La ansiedad del temor a la castración aparece muy exagerada y abrumadora.

 

Los autores que estudiaron las familias de adolescentes fronterizos (Paz y col. (1976, 1977a, 1977b, 1991) llegaron a la conclusión de que las interacciones determinantes (relaciones internalizadas de objetos) ocurrieron tempranamente en la vida, pero persisten en gran medida a lo largo de su desarrollo y en la actualidad.

Kernberg(1984) considera que los adolescentes fronterizos que están al final de la adolescencia no han cumplido con las tareas del desarrollo de la adolescencia y en particular: 1. consolidar un sentido del yo; 2. reconfirmar una identidad sexual normal, reflejada en la calidad de enamorarse; 3. aflojar las ataduras a los padres; 4. reemplazar las regulaciones infantiles del superyó por un sistema relativamente abstracto y despersonalizado, una moralidad que integra la tolerancia sexual adulta con la firme represión de impulsos edípicos directos. Los adolescentes límites se involucran excesivamente con los lazos familiares (infantiles con sobredependencia y rebeldía violenta, y un caos general en las relaciones interpersonales de su casa).

 

 

Otro aporte importante de Kernberg es la aplicación de sus teorías a la comprensión de relaciones amorosas normales y patológicas (Kernberg, 1995b). Efectivamente, en esta obra, él trata ampliamente los afectos relacionados con la identidad genérica, la bisexualidad psicológica, la excitación sexual, el deseo erótico y todos los afectos complejos que se manifiestan intensamente en las relaciones amorosas normales y patológicas.

Enfatiza que la identidad se construye a partir de identificaciones con la relación con un objeto, y no con el objeto en sí. Esto implica una identificación con el self y con el otro en su interacción, y una internalización de los roles específicos de esa interacción.

Considera que la excitación sexual es un afecto específico que constituye el “bloque constructivo” central de la pulsión sexual o libidinal como sistema motivacional general. De otra parte, considera que la excitación sexual es el afecto sensual básico de un fenómeno psicológico más complejo, a saber: el deseo erótico, en el cual la excitación sexual se vincula a la relación emocional con un objeto específico. La excitación sexual y el deseo erótico son afectos complejos como el orgullo, la vergüenza, la culpa y el desprecio (afectos primitivos serían la elación, la ira, la tristeza, la sorpresa y el asco).

Piensa que la agresión interviene en la experiencia sexual en sí. Penetrar y ser penetrado incorpora la agresión al servicio del amor en la excitación sexual y el orgasmo. El deseo erótico implica también un anhelo de intimidad, fusión y mezcla que implica cruzar una barrera y convertirse en uno con el objeto elegido. En la fusión del orgasmo se produce también la sensación de superar temporalmente la barrera que separa los dos individuos, la sensación de fusión y sentirse completo y su goce, y una sensación de haber logrado una trascendencia intersubjetiva. El deseo erótico incluye un elemento de entrega, de esclavitud respecto del otro, y al mismo tiempo con sentimiento de que se es dueño del destino del otro. La medida en que esta fusión agresiva es contenida por el amor depende de la mediación del superyó, el guardián del amor que contiene la agresión. En la pasión sexual con el cruce de los límites corporales del self se produce también el compromiso con el objeto amado por el futuro como un ideal que le da un significado personal a la vida. Compartir las ideas, los valores y las aspiraciones con el otro hace la vida digna de ser vivida, y da también la esperanza de una creación y consolidación del significado en el mundo social y cultural.

 

El estado de enamoramiento enriquece al self y acrecienta su investidura libidinal, porque realiza un estado ideal del self y una relación óptima entre el self y el ideal del yo. En el amor maduro se incrementan también simultáneamente las investiduras libidinales objetal y narcisista.

Kernberg considera que el amor sexual maduro es una disposición emocional compleja que integra (yo añadiría idealmente): 1) la excitación sexual transformada en deseo erótico de otra persona; 2) la ternura que deriva de la integración de las representaciones del objeto y del self cargadas libidinal y agresivamente, con predominio del amor sobre la agresión y tolerancia a la ambivalencia normal que caracteriza a todas las relaciones humanas; 3) una identificación con el otro que incluye la identificación genital recíproca y una profunda empatía con la identidad genérica del otro; 4) una forma madura de idealización, junto con un profundo compromiso con el otro y con la relación, y 5) el carácter apasionado de la relación amorosa en los tres aspectos: la relación sexual, la relación objetal y la investidura del superyó de la pareja.

Kernberg señala también que el hecho de que el equilibrio entre el amor y la agresión es dinámico hace que su integración y la profundidad del vínculo sean potencialmente inestables. Una pareja no puede dar su futuro por sentado ni siquiera en las mejores circunstancias. La madurez emocional no asegura una estabilidad sin conflictos para la pareja.

La amenaza de pérdida y abandono y, en última instancia, de muerte, es mayor allí donde el amor ha sido más profundo; la conciencia de esto también lo profundiza.

 

Kernberg trata en la misma obra (1995b) las respuestas afectivas eróticas de los analistas, según sus personalidades y las diferentes modalidades de las transferencias eróticas. Considera que es útil que el analista tolere sus fantasías sexuales acerca del paciente, incluso que les permite desarrollarse como relato de una relación sexual imaginaria. Piensa que, en general, la contratransferencia erótica se evapora pronto con la percatación inconsciente de los aspectos autodestructivos y rechazadores de la personalidad del paciente.

 

Considero que las teorías de Kernberg sobre la génesis y la evolución de los afectos y síntomas acercan el psicoanálisis más que antes a otras ciencias que se ocupan también del devenir humano. El autor no solamente construyó teorías originales sobre el origen y la evolución de afectos de agresión y del narcisismo, sino también enriqueció la comprensión de relaciones amorosas normales y patológicas. Además, trató ampliamente un tema poco expresado (casi tabú) por los psicoanalistas, el surgimiento y la evolución de las contratransferencias eróticas particulares según la personalidad predominante del psicoanalista.

 

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